Una mujer se levantó de entre la multitud.
Caminó directamente hacia nosotros, y algo en la forma en que su mirada recorrió mi rostro me erizó el vello de la nuca. Era como si viera algo que había estado buscando durante mucho tiempo.
Se detuvo a unos metros de distancia.
“Dios mío”, susurró. Su voz temblaba.
La mujer me miró fijamente a la cara como si intentara memorizar cada rasgo.
Entonces dijo algo que hizo que todo el lugar se quedara en silencio.
“Dios mío”. —Antes de celebrar hoy, hay algo que debes saber sobre el hombre al que llamas “padre”.
Miré a papá. Él miraba a la mujer con terror.
—¿Papá? —le di un codazo.
No respondió.
La mujer lo señaló—. Ese hombre no es tu padre.
Se oyeron jadeos entre la multitud.
Miré de su rostro al de él, intentando comprender si era una broma.