También pensé en algo que casi nadie parecía haber notado: mi padre había tenido quince años para preguntarme si estaba bien.
No necesitaba enterarse de mi rango para hacerlo.
Seis semanas después recibí una carta suya.
Reconocí su letra antes de abrir el sobre.
Era breve.
No mencionaba mi ascenso. Tampoco pedía que lo felicitara por haber criado a una hija condecorada.
Escribió que había sido cruel al correrme de casa y que lo que dijo en la boda estuvo mal.
No intentó justificarlo con el dinero que me había dado cuando era joven.
Terminaba diciendo que, si algún día yo estaba dispuesta, le gustaría escuchar mi versión de aquellos años.
Leí la carta dos veces.
No lloré.
Tampoco sentí la alegría que habría sentido a los veintidós.
Una disculpa podía reconocer una herida, pero no borrar quince años de ausencia.