Me quedé mirando esa frase durante mucho rato.
En mi siguiente descanso fui a visitarlos.
Clare preparó café mientras David intentaba armar un mueble que venía con instrucciones interminables.
Me senté en el piso a ayudarlo.
Nos reímos cuando descubrimos que habíamos colocado una tabla al revés.
Afuera llovía.
Dentro olía a café recién hecho y a madera nueva.
No había candelabros de cristal ni mesas reservadas según la importancia de los invitados.
Pero había un lugar para mí.
Antes de irme, Clare sacó una copia de nuestra fotografía de la boda.
—Quiero que te lleves ésta —dijo.
La miré durante varios segundos.
Recordé aquella ventana de mi antigua habitación y a una niña de quince años llorando mientras yo me alejaba con una maleta.
Entonces miré a la mujer que estaba frente a mí.
Ya no tenía que observarme marchar desde detrás de un vidrio.