Aun así, Mariana no reaccionó impulsivamente.
No llamó a Mauricio.
No enfrentó a Teresa.
No hizo una escena.
Guardó documentos.
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Copió registros.
Y esperó.
Porque sabía que algunas personas solo creen la verdad cuando ya no pueden escapar de ella.
El viernes por la tarde llegó el momento.
El restaurante Alma estaba lleno.
Los empleados estaban preparando mesas cuando las puertas se abrieron.
Primero entró Teresa.
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Después comenzaron a entrar mujeres.
Una.
Cinco.
Diez.
Veinte.
Hasta llegar a treinta y ocho.
Diego, el gerente, se acercó rápidamente a Mariana.
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—Tenemos un problema.
Ella observó la escena.
Teresa ya estaba sonriendo como si fuera la dueña del lugar.
—Chicas, pasen. No se preocupen por nada.
Luego señaló alrededor.
—Este restaurante es prácticamente de la familia.
Algunas mujeres miraron sorprendidas.
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Otras sonrieron.
Teresa levantó la voz.
—Hoy comemos como reinas. Yo invito.