“No pienso perder mi tiempo al lado de un hombre discapacitado, dame el divorcio”, exigió mi mujer tirando una carpeta sobre mis piernas. Faltaban minutos para mi operación cerebral. A mis 45 años, entendí todo. En lugar de rogarle, firmé el documento con una calma escalofriante y le deseé suerte. Lo que ella jamás sospechó fue el pequeño detalle legal que yo acababa de cambiar en mi testamento esa misma mañana.

Nos dimos la vuelta y seguimos caminando.

Hoy tengo 50 años. Tengo una cicatriz horrible que me cruza media cabeza, camino lento, y soy, sin la más mínima duda, el cabrón más feliz, pleno y millonario de toda la faz de la tierra.

Si me estás leyendo y sientes que estás en el fondo del pozo; si te traicionó tu esposa, tu socio, o la gente por la que dabas la vida; si sientes que todo el imperio que construiste con sangre se te deshizo entre las manos y solo ves oscuridad al frente… no te desesperes. Quédate quieto y respira. A veces es completamente necesario dejar que esa vida vieja, plástica y falsa se queme hasta las cenizas. Tienes que quedarte en ruinas, para que la persona correcta llegue a los escombros, te tome fuerte de la mano ensangrentada y te diga “¡Acepto!”. Y te juro, que cumplirá su palabra.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *