Nadie reanudó la canción.
Un mesero se acercó al presentador y le explicó que el evento había entrado en proceso de cierre.
La sonrisa del conductor desapareció.
Entre las mesas comenzaron los murmullos.
—¿Qué está pasando?
—¿Se fue la luz?
—¿Ya terminó el servicio?
Arturo golpeó la mesa.
—¡Yo pagué todo esto! ¡Quiero música!
No sabía que los honorarios de los músicos también habían salido de mi cuenta.
El quinto minuto.
Alguien se colocó a mi lado.
Era Diego, el hijo de Patricia.
Tenía veinte años, estudiaba ingeniería y llevaba un saco que parecía prestado.
—Tía Elena —murmuró—, ¿puedo decirle algo?
Lo miré.
—Claro, hijo.
Bajó los ojos.
—Sé que usted paga mi universidad.
Sentí un pequeño nudo en el pecho.
—¿Cómo lo supiste?
—Hace unos meses fui a preguntar por mi inscripción. Me enseñaron los comprobantes. Todos tenían su nombre.