ntht/ En su cumpleaños número 50, mi esposo apartó mi plato delante de 80 invitados y gritó: “¡Siéntate y come mientras yo te mantenga!”. Mi suegra aplaudió y todos se rieron. Yo doblé la servilleta y fui con la administradora. Nueve minutos después, empezaron a retirar la cena. Él todavía no sabía quién la había pagado.

—¿Qué contratante? —gritó Arturo—. ¡Aquí el dueño de la fiesta soy yo!

Los invitados comenzaron a guardar silencio.

El séptimo minuto.

Arturo caminó rápidamente hacia nosotros.

Su rostro estaba rojo.

—Elena, ¿qué demonios estás haciendo?

—Terminando el evento.

Soltó una carcajada.

—¿Terminando? ¿Quién te autorizó?

—El contrato que firmé.

Intentó sujetarme del brazo.

Diego dio un paso adelante.

—Tío, por favor, no la toque.

Arturo lo observó con incredulidad.

—¿Ahora también tú estás de su lado?

—Estoy del lado de quien está siendo tratado injustamente.

Mi esposo se quedó sin palabras por un instante.

Después se volvió hacia Lorena.

—Señorita, ignore a mi mujer. Está haciendo un berrinche. Sirva la cena.

Lorena contestó sin levantar la voz:

—El contrato está a nombre de la señora Elena Ramírez. Ella es la persona facultada para autorizar o cancelar el servicio. Tenemos que respetar sus instrucciones.

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