Era la primera vez que no encontraba nada que decir.
Entonces continué:
—Quinto, la universidad de Diego.
Patricia se levantó inmediatamente.
—¡No metas a mi hijo en tus problemas matrimoniales!
—Tu hijo no tiene la culpa de nada. Pero tú llevas dos años diciendo que Arturo paga sus estudios mientras me llamas mantenida.
Saqué los comprobantes de las colegiaturas.
—Esos pagos han salido de mi cuenta.
Patricia negó con la cabeza.
—¡Mi hermano me dijo que él se encargaba!
Diego, que permanecía cerca del escenario, tomó aire y habló.
—Mamá, es verdad.
Todos lo miraron.
—Vi las transferencias en la universidad. La tía Elena es quien ha pagado mis colegiaturas.
—¡Diego, cállate! —ordenó Patricia.
—No, mamá. Ya me callé demasiado tiempo.
El muchacho tenía los ojos húmedos.
—Tía Elena, gracias por ayudarme. Y perdón por no haber tenido el valor de decirlo antes.