ntht/ Mi esposo vio mis botas rotas y soltó: “Pégalas, la boda de mi hermana es más importante”. Después quiso entregar mis 65,000 pesos a su madre mientras nuestra hija necesitaba zapatos nuevos. Yo solo bloqueé la cuenta y guardé silencio. Dos días después, toda su familia llegó furiosa… sin imaginar de quién era realmente la casa.

PARTE 1

—¿Botas nuevas? ¿Estás loca? Ese dinero es para la boda de mi hermana, no para tus caprichos —dijo Andrés, sin siquiera mirar el agujero por donde se asomaba mi calcetín mojado.

Me quedé parada en la entrada de nuestro departamento en Toluca, con los pies entumidos después de caminar desde la parada del camión. Eran casi las diez de la noche. Acababa de salir de mi turno en el comedor de una fábrica del corredor industrial de Lerma y las botas que llevaba usando desde hacía cuatro inviernos ya no daban más.

—El zapatero dijo que ya no tienen arreglo —respondí—. Entro a trabajar a las cinco de la mañana. Hace un frío horrible y se mete el agua.

Andrés siguió comiendo pan dulce frente al televisor.

—Fernanda se casa en tres semanas. Mi mamá ya apartó el salón y falta pagar una parte del banquete. No vamos a hacer el ridículo con la familia del novio por unas botas.

Sentí que algo me ardía por dentro.

—¿Y Camila? Sus tenis ya le aprietan. Ayer llegó con los dedos rojos.

—Mi mamá consiguió unos zapatos usados de una prima. Le van a servir.

Lo miré sin poder creerlo.

Durante diez años había escuchado lo mismo.

Que primero había que reparar la camioneta de Andrés.

Que su mamá necesitaba dinero para impermeabilizar la casa.

Que Fernanda necesitaba un celular nuevo para la universidad.

Que nosotros podíamos esperar.

Siempre nosotros.

Cuando le dije que no pensaba entregar los ahorros que había juntado trabajando por las noches limpiando una farmacia, Andrés se levantó furioso.

—No seas egoísta, Natalia. Mi hermana solo se casa una vez.

Después pateó mi bota rota y la mandó hasta el pasillo.

—Pégala con resistol. Aguanta otro mes.

En ese momento apareció Camila, nuestra hija de ocho años, abrazando un conejo de peluche.

Había escuchado todo.

—Mamá… yo tampoco necesito zapatos nuevos —susurró—. Puedo ponerme dos calcetines para que no me duelan tanto.

Aquella frase me destrozó.

La abracé tan fuerte que sentí sus pequeños hombros temblar.

—No, mi amor. Tú ya no vas a caminar con zapatos que te lastimen.

Esa noche Andrés se durmió convencido de que, como siempre, terminaría cediendo.

Pero el sábado fui al banco.

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