—Era la casa de mis padres —me dijo—. La última casa que sentí mía.
Por primera vez entendí algo sin justificarlo.
Su obsesión por controlar una casa ajena no había nacido de la maldad pura. Había nacido del miedo.
Pero el miedo de una persona no le da derecho a convertir a los demás en sus víctimas.
Cuando llegamos a la residencia, Teresa se quedó parada frente a la puerta de su habitación.
Había una cama, un clóset pequeño, una ventana con vista a un patio y una mesa donde podía poner sus tejidos.
—No merezco que hayas hecho esto —murmuró.
—No lo hice porque hayas olvidado lo que pasó. Lo hice porque no quiero convertirme en lo que critico. Esta habitación será tu espacio. Nadie te la va a quitar de un día para otro. Pero tampoco tendrás que quitársela a nadie.