Al principio se quejaba de la residencia. Después comenzó un taller de tejido.
Tres meses más tarde me llegó una carta escrita a mano.
No decía que yo había sido cruel.
No decía que ella había actuado “por amor”.
No culpaba a nadie.
Decía:
“Mariana, creo que confundí tener un lugar con adueñarme del lugar de otros. Pasé tantos años temiendo quedarme sin techo que terminé intentando asegurarme uno de la peor manera. No espero que olvides lo que hice. Solo quisiera, si algún día tú y Sofía aceptan, volver a verla como su abuela y no como la señora de una casa que nunca fue mía.”
Leí la carta dos veces.
Después hablé con Sofía.
Aceptamos que Teresa la viera algunos domingos, primero en lugares públicos y luego, cuando recuperamos confianza, también en casa.