Todavía no sabía que aquella cena no era lo peor.
Lo que estaba a punto de descubrir sobre Teresa era mucho más grave que un plato de comida.
PARTE 2
A las siete de la mañana dejé a Sofía con mi amiga Lucía y fui directo con una notaria que conocía por mi trabajo.
Pedí una copia certificada de las escrituras de la casa y preparé una notificación sencilla: si Teresa quería seguir viviendo ahí, tendría que aportar una cantidad razonable para servicios y despensa, respetar las reglas de convivencia y dejar de disponer de nuestras cosas y dinero como si fueran suyos.
Después llamé a un técnico. Al mediodía regresé con él.
Daniel y Teresa estaban en la cocina cuando comenzó a instalar una cerradura con código en la alacena donde guardaría la comida de Sofía y mía.