Pero mi historia no terminó en aquella sala.
Terminó una mañana de primavera.
Mi hijo nació sano.
Cuando lo sostuve por primera vez, lloré.
No por miedo.
Por alivio.
Mi madre estaba a mi lado.
Mi padre también.
Y, después de todo lo ocurrido, nuestra familia nunca volvió a ser la misma.
Mi padre me pidió perdón por no haber visto las señales.
Yo le dije que no podía vivir culpándose.
Mi madre se quedó conmigo durante semanas.
Y cuando finalmente regresé a casa, encontré algo esperándome.
Una caja.
Dentro estaba el pequeño abrigo que había comprado para mi bebé antes del viaje.
Lo había guardado Brandon.
Lo tomé entre mis manos.
Por un instante sentí tristeza.
Después lo guardé.
No quería que aquel hombre siguiera teniendo poder sobre mis recuerdos.
Vendí nuestra antigua casa.
Cambié de ciudad.