Nuestra misión consistía en proteger a civiles y personal diplomático
durante una crisis de seguridad.
Aquella noche recibimos una llamada de emergencia.
Un convoy diplomático había quedado atrapado cerca de una carretera costera.
Varios vehículos estaban inutilizados.
Había heridos.
Y uno de los pasajeros era un joven miembro de una familia real europea que viajaba bajo una identidad protegida.
Recuerdo haber llegado entre humo y sirenas.
Recuerdo haber abierto la puerta de un automóvil destrozado.
Y recuerdo especialmente a un joven de ojos azules que apenas podía mantenerse consciente.
—No me deje aquí —me pidió.
Le tomé la mano.
—No voy a abandonarlo.
Aquel joven era Alexander.
Volví al presente.
Miré al príncipe.
Su expresión había cambiado.
Ya no era el hombre elegante que aparecía en las revistas.
Era aquel muchacho asustado que había sujetado mi mano durante una evacuación.