Aquella frase le dolió.
Alejandro volvió a mirar el departamento.
El refrigerador viejo.
La máquina de coser.
La cama improvisada.
Y comprendió algo todavía peor.
Había llegado a cobrar dinero que quizá Mariana ya había pagado.
—¿Y por qué dejó de pagar después?
Mariana guardó silencio.
Lucía miró a su madre.
—Puedes decirle.
—Lucía…
—Él ya vio el papel.
Alejandro esperó.
Finalmente Mariana se sentó.
—Porque me enfermé.
No dio detalles innecesarios.
Solo explicó que llevaba meses siguiendo un tratamiento y que algunos días no podía trabajar en el pequeño taller donde hacía arreglos de ropa.
Los gastos comenzaron a acumularse.
Medicamentos.
Consultas.
Comida.
Transporte.
Entonces recibió una segunda notificación.
Esta vez, ya no le pedían ponerse al corriente.
Le ofrecían dinero para abandonar el departamento.
—¿Cuánto?
—$25,000 pesos.
Alejandro frunció el ceño.
Era una cantidad demasiado pequeña para compensar una salida apresurada, pero suficiente para tentar a alguien desesperado.