Mi hijo se quedó frente a la lápida durante mucho tiempo.
Luego sacó de su mochila un dibujo: tres personas tomadas de
la mano bajo un cielo enorme.
—Hola, papá —dijo—. Mamá me contó que eras valiente. Yo también voy a serlo.
Y mientras el viento movía suavemente la hierba alrededor de nosotros, entendí que Noah no había desaparecido.
Seguía vivo en los ojos de Leo.
En su bondad.
En su valentía.
Y en la vida que, contra todas las órdenes, todos los miedos y todas las puertas cerradas, yo había decidido proteger.