Fue entonces cuando me acordé de Fiona.
Sus dedos fríos aferrándose a mi mano.
Sus palabras:
«Precisamente por eso, querida. Precisamente por eso Dios te mirará de otra manera».
Aquella tarde, regresé a casa y saqué la vieja almohada del armario.
No la había tirado.
Una vez resueltos todos los trámites, la llevé a una costurera, quien remendó la tela con esmero, conservando las piezas originales.
La almohada seguía siendo vieja.