Parte 2: La verdad que mi padre se llevó a la tumba

Beatriz abrió el sobre y sacó varias hojas.

La primera era una copia de un documento notarial. Reconocí la firma de mi padre.

La segunda era un contrato de fideicomiso.

La tercera contenía una lista de nombres y porcentajes de participación.

Mi nombre aparecía en la primera línea.

Debajo figuraba una cantidad que me obligó a leer dos veces.

Sesenta y ocho por ciento.

—¿Qué significa esto? —pregunté.

—Tu padre no vendió su empresa, Mariana. Reestructuró sus participaciones y las colocó en un fideicomiso familiar. Tú eres la beneficiaria principal.

—Pero me dijeron que la empresa había sido adquirida por un grupo extranjero.

—Algunas operaciones cambiaron de manos. La compañía original se reorganizó. Sin embargo, los activos principales y una parte sustancial de las participaciones quedaron protegidos por el fideicomiso.

Me costaba respirar.

—¿Cuánto vale?

Beatriz bajó la mirada.

—La valoración más reciente supera los ciento ochenta millones de pesos.

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