—¡Su señoría, detenga la audiencia! ¡Ese hombre es inocente!
La voz de una mujer resonó en toda la sala.
Don Chema levantó la cabeza.
Sus ojos cansados se abrieron de par en par.
Tres mujeres avanzaban por el pasillo central.
La primera vestía un traje negro y llevaba un maletín de cuero.
La segunda sostenía una carpeta médica.
La tercera cargaba una computadora y varios documentos.
Eran sus hijas.
Sofía, Valeria y Lucía.
Las tres niñas que había criado con tortillas, frijoles y un salario miserable.
—¿Mis muchachitas? —susurró el anciano.
Sofía se acercó al estrado.
Un murmullo recorrió la sala.
El director palideció.
—¡Eso no demuestra nada!
Sofía levantó otro documento.
—La constructora pertenece a su hermano.
El abogado del director se puso de pie.
—¡Objeción!
—Además —continuó Sofía—, la firma de Don Chema en las autorizaciones presenta diferencias evidentes respecto de sus documentos auténticos. Solicitamos un peritaje independiente.