Yo había vendido mis joyas.
Había revisado facturas de madrugada con la calculadora del teléfono mientras Jack dormía.
Y él había sabido que existía una posibilidad.
Una casa.
Tal vez una cuenta.
Una herencia.
Por remota que fuera.
—Estoy enojada con él —dije.
Mara asintió.
—Tienes derecho.
Eso casi me hizo llorar.
Porque todavía amaba a Jack.
Lo extrañaba tanto que algunas mañanas despertaba y durante medio segundo olvidaba que había muerto.
Después veía su lado vacío de la cama.
Y lo recordaba todo.
Pero amarlo no borraba lo que había hecho mal.
—¿Qué más descubrieron?
Mara pasó a la siguiente sección.
—La casa no era lo único.
Había una cuenta asociada al mantenimiento de la propiedad.
No era una fortuna.
Tampoco dinero disponible inmediatamente.
Parte se había consumido con los años en impuestos, reparaciones y otros cargos.