Esa frase le dolió.
Lo vi.
Pero también la necesitaba escuchar.
En las semanas siguientes empezó a visitar a Renata en horarios definidos.
Al principio llegaba con regalos pequeños que ella, con 4 meses, ni siquiera podía entender.
Después dejó de llevar cosas y comenzó a hacer algo más útil.
Aprendió a preparar el biberón como a ella le gustaba.
Aprendió a reconocer cuándo estaba cansada antes de que empezara
a llorar.
Aprendió que ser padre no era sostenerla siete minutos para una fotografía.
Nada de eso reparó nuestro matrimonio.
Pero sí empezó a construir una relación entre él y su hija que no dependía de mí fingiendo que todo estaba bien.
Su madre también volvió a acercarse.
La primera vez que vino después de la cena no me pidió detalles sobre Daniela.
Tampoco defendió a su hijo.
Se sentó en la cocina y me dijo: