Y tenía el mismo rostro que su padre había tenido a los trece años.
Alejandro comenzó a comprender.
Los nombres.
Las edades.
El apellido.
Los dos muchachos que habían estado detrás de mí en el vestíbulo.
La frase que yo había dicho.
«Estoy aquí por mis hijos».
Todo encajó de golpe.
Su rostro se puso rojo.
Después adquirió un tono oscuro, casi morado.
Patricia le dijo algo.
Él no respondió.
Seguía mirando el escenario.
Una mujer
sentada dos filas delante de él estaba leyendo el programa.
Había una pequeña nota sobre los participantes que habían obtenido los mejores resultados durante las etapas anteriores.
La mujer comentó en voz alta:
—Mira, son gemelos. Daniel y Mateo Mendoza. Aquí dice que su mamá los ha criado sola y que ambos estudian en una escuela pública.
La persona a su lado respondió: