Algunas noches limpiaba oficinas.
Otras cuidaba ancianos.
Mi mano izquierda nunca recuperó completamente la fuerza.
Me acostumbré a vivir con ella.
Lo que no conseguí fue acostumbrarme a que el nombre de Daniel siguiera unido a una mentira.
La visita inesperada
A la mañana siguiente de recibir el sobre, alguien llamó a mi puerta.
Eran las siete y media.
Pensé que se trataba de la señora Zhang, la anciana del primer piso, así que abrí sin mirar.
Liang estaba en el descansillo.
No llevaba traje.
Tenía el cabello desordenado y una expresión que me resultó peligrosamente familiar: la misma que mostraba cuando encontraba un error imposible en sus experimentos.
—Tenemos que hablar.
Intenté cerrar.
Puso la mano sobre el marco, sin llegar a empujar.
—Por favor.
Miré hacia las escaleras.
—¿Tu esposa sabe que estás aquí?
Su mandíbula se tensó.
—Sí.
Aquello me sorprendió.
—Entonces habla.