En la pantalla apareció Mariana, mi esposa, arrodillada sobre el piso helado. Había dado a luz apenas tres semanas atrás mediante una cesárea de emergencia. Llevaba una pijama delgada, tenía el cabello pegado al rostro y sumergía las manos temblorosas en una tina llena de agua con hielo.
Detrás de ella estaba mi madre, doña Teresa, envuelta en un abrigo grueso y con una taza de atole caliente entre las manos.
—Una mujer que solo sabe parir niñas no merece que la atiendan como reina —escupió—. Tu hija no continuará con el apellido. Aprende a servir, porque para eso llegaste a esta familia.
Mariana intentó levantarse, pero las piernas no le respondieron. Mi madre le empujó el hombro y, cuando ella pidió unos minutos para alimentar al bebé, tomó una cubeta y le vació el agua encima.
No recuerdo haber abierto la puerta del coche.