Miré una fotografía de mi esposa cargando a Valentina en el jardín.
—No vas a pasar hambre ni te faltarán medicinas —respondí—. Ya contraté a una trabajadora social para revisar tu situación y pagaré directamente tus gastos. Pero no regresarás a nuestra casa.
—Soy tu madre.
—Y por eso no te abandonaré. Pero ser tu hijo no me obliga a poner nuevamente en peligro a mi esposa ya mi hija.
Colgué sin sentir triunfo. Solo una tristeza profunda por la familia que pudimos haber sido.
Tres años después, Mariana dirige las finanzas de la empresa y participa en una asociación que orienta a mujeres víctimas de violencia familiar. Valentina corre por los pasillos de nuestra casa con una capa de superheroína y pregunta por qué su mamá trabaja tanto.
Mariana siempre le responde: