La
había oído.
—¿Me escuchaste? —preguntó Clara, conteniendo el aliento.
Elías tragó saliva. Su voz salió rota, áspera, como si hubiera estado enterrada durante años.
—Sí.
Clara dejó escapar una risa ahogada que se volvió llanto en el mismo instante.
Su recuperación fue lenta, pero real. Practicaron palabras por las noches. Clara leía en voz alta junto al fuego y él repetía con torpeza, empeñado como un niño terco y valiente. Su nombre fue una de las primeras palabras que quiso decir bien.
—Cla… ra.
Cuando por fin lo logró, ella sintió un nudo en la garganta.
—Otra vez.
—Clara —repitió él con más firmeza, y luego añadió, casi como si le costara creerlo—. Mi esposa.
Aquella noche se besaron de verdad por primera vez. No fue un beso perfecto. Fue tembloroso, nuevo, lleno de todo lo que no habían sabido decirse. Y después de eso, la libreta dejó de ser