Elena hizo lo mismo con Verónica.
Nunca pidió a Arturo que guardara sus fotografías.
Nunca intentó competir con un recuerdo.
Preguntaba por ella.
Escuchaba historias.
Una noche Arturo terminó llorando mientras contaba cómo Verónica quemaba siempre el primer pan de cada desayuno.
Elena le tomó la mano.
No dijo nada.
Fue suficiente.
Casi sin darse cuenta, los tres comenzaron a parecer una familia.
Un año después de aquella Nochebuena, Arturo invitó a Elena y Lucía a cenar.
Lucía pasó toda la comida hablando de su próximo cumpleaños.
Quería pastel de chocolate.
Globos.
Y una fiesta donde nadie tuviera que vestir elegante.
—Eso último parece dirigido a mí —dijo Arturo.
—Sí.
Después de cenar caminaron por una plaza cercana.
Lucía corrió unos metros para mirar una fuente iluminada.
Arturo se detuvo.
—Elena.
—¿Qué ocurre?
Arturo tomó su mano.