Mi esposo guardó definitivamente el atizador de la chimenea.
Y yo aprendí que una familia también puede formarse con personas que un día llegaron a tu puerta llenas de miedo.
Tango seguía empeorando.
Eso era evidente.
Había días buenos.
Y días difíciles.
Pero Hugo ya no los vivía solo.
Miguel lo acompañaba.
A veces caminaban juntos por la acera, adaptando cada paso al ritmo lento del perro.
Los vecinos los veían pasar.
Dos chicos adolescentes.
Un perro viejo y cojo en medio.
Y una paciencia que parecía impropia de su edad.
Una tarde, mientras paseaban, una señora mayor se acercó.
Miró a Tango y preguntó:
—¿Es vuestro perro?
Hugo respondió:
—Sí. Es nuestro maestro.
La mujer sonrió sin entender del todo.
Pero Miguel sí entendió.
Y yo también, porque caminaba unos pasos detrás.
Tango nos estaba enseñando a todos.