Perdonar es mirar el daño de frente.
Poner límites.
Exigir cambios.
Y, si esos cambios llegan, dejar una puerta abierta para que alguien pueda convertirse en mejor persona.
Tango ya no está.
Pero cada sábado por la mañana, cuando escucho pasos en el jardín, sé que algo suyo sigue aquí.
En Hugo.
En Miguel.
En Roberto.
En Bruma.
Y también en nosotros.
Porque algunos perros no solo acompañan una vida.
La cambian.
Y Tango cambió la nuestra para siempre.