Cuando llegó el momento de marcharse, la madre de la niña se acercó a nosotros.
Tenía lágrimas en los ojos.
—No sé qué ha pasado —nos dijo—. Mi hija lleva meses sin querer acercarse a nadie.
Nos explicó que la pequeña había sufrido un accidente.
Desde entonces tenía miedo.
Vergüenza.
Se sentía diferente.
Observó a Tango.
El viejo perro descansaba tranquilamente.
Con la cabeza apoyada sobre las piernas de la niña.
—Creo que él le ha demostrado algo importante.
Aquellas palabras se quedaron conmigo.
Porque comprendí exactamente a qué se refería.
Tango siempre había sido eso.
Un recordatorio silencioso.
No importa cuántas cicatrices tengas.
No importa cuántas veces hayas caído.
No importa si caminas más lento que los demás.
Sigues siendo valioso.
Sigues mereciendo amor.
Aquella noche regresamos a casa agotados.
Pero felices.
No sabíamos que pocas semanas después nuestra familia recibiría una noticia que volvería a ponerlo todo a prueba.