Alejandro tomó la carpeta y se marchó.
Dentro del automóvil llamó a Carmen. Ella tardó en responder.
—Ya sé lo de los niños —dijo él.
El silencio al otro lado fue distinto a todos los anteriores.
Alejandro explicó lo que acababa de descubrir. No pidió perdón por algo que no sabía, pero sí por haber permitido que otra persona controlara tanto su vida.
Carmen solo hizo una pregunta:
—Entonces, ¿por qué me invitaste a tu boda?
Él cerró los ojos.
—Para presumirte mi vida. Quería que te arrepintieras.
La verdad sonó miserable. Alejandro comprendió entonces que, incluso sin conocer el secreto de sus hijos, había convertido su boda en un escenario para castigar una herida antigua que nunca quiso revisar.
Después de unos segundos, Carmen respondió:
—Mañana hablaremos. Pero antes debes saber algo: ellos ya saben que tienen un padre.
Alejandro apretó el teléfono.