—¡No me puedes correr! —gritó su cuñada—. ¡Mauricio nos dio permiso!
—Mauricio tampoco tiene permiso para regalar algo que no le pertenece.
Valeria corrió a la cocina y llamó a su madre.
Veinte minutos después, la puerta se abrió de golpe.
Teresa, la suegra de Daniela, entró furiosa.
—¡¿Quién te crees para correr a mi hija?!
Daniela no levantó la voz.
—La dueña.
Teresa se acercó hasta quedar frente a ella.
—Mauricio tomó una decisión como hombre de esta familia. Tú deberías respetarla.
Daniela sintió que todos los presentes guardaban silencio.
Entonces Teresa señaló el departamento y pronunció la frase que terminó de destruir cualquier duda que Daniela todavía pudiera tener:
—Además, ya acordamos que cuando la abuela muera, ustedes se quedan con su departamento y éste se lo firman a Valeria. Así todo queda justo.
Daniela miró a su esposo ausente, representado en ese momento por su madre.