Volví del hospital un día antes de lo previsto y mi cuñada casi me cerró la puerta de mi propia casa: “Tu esposo dijo que este departamento sería para nosotros”. Después de 30 días sin poder caminar, no tenía fuerzas para discutir; sólo marqué a mi familia y pedí las llaves. Esa llamada terminó destapando un acuerdo secreto sobre mi casa, mi hijo y una herencia que ni siquiera existía como me habían contado.

—¿Semanas?

—Casi un mes —respondió Rodrigo.

Exactamente el tiempo que ella había permanecido internada.

Teresa intentó justificarlo.

Dijo que el nuevo fraccionamiento donde vivía Daniela estaba lejos del kínder, que todavía faltaban comercios y que la escuela pública más cercana aún estaba en construcción.

Según ella, mudarse al viejo departamento de la abuela Amalia era “lo mejor” para Nicolás.

—Entonces manda a Valeria —respondió Daniela—. Sus hijos entrarán a la primaria antes que el mío.

Teresa se quedó callada.

Daniela continuó:

—Además, el departamento de la abuela tiene cuarenta y dos metros cuadrados. Éste tiene sesenta y cinco, dos recámaras amplias, estacionamiento y es prácticamente nuevo. Si el otro lugar es tan maravilloso, ¿por qué no se van ellos?

—Porque Valeria tiene dos hijos —contestó Teresa—. Y quiere otro.

Rodrigo soltó una risa incrédula.

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