Aquella era la pregunta que realmente importaba.
No la parcela.
No el contrato.
No la empresa.
No el penthouse.
El niño esperaba una respuesta.
Mateo se agachó hasta quedar a su altura.
—No quiero irme.
Lucía escuchó desde unos pasos
atrás.
No intervino.
El niño tampoco pareció convencido.
Y Mateo comprendió que una promesa no podía borrar dos años.
Tendría que demostrarla.
Un día a la vez.
Mientras los tres niños se acercaban poco a poco, Mateo levantó la mirada hacia las tierras.
El contrato que había venido a cerrar seguía pendiente.
Pero ahora había otra decisión frente a él.
Si compraba aquellas parcelas, podía resolver el negocio que lo había llevado de regreso.
También podía poner precio a un lugar que para sus hijos significaba hogar.
Y por primera vez desde que había aprendido a hacer dinero, Mateo no supo qué cantidad debía ofrecer.