Ella frunció el ceño.
—Es para mí.
Alejandro señaló hacia el camino.
—Voy a quedarme una temporada.
Mariana lo miró sorprendida.
—No puedes recuperar veintiséis años.
—Lo sé.
—Ni los primeros tres años de Sofía.
—También lo sé.
—Entonces ¿qué quieres?
Alejandro miró a la niña.
—No perder el cuarto.
Mariana guardó silencio.
Alejandro no intentó tocarla.
No prometió mansiones.
No habló de matrimonio.
No ofreció millones.
Porque finalmente había comprendido que algunas cosas no se compraban.
—Llegué demasiadotarde para cumplir la promesa que te hice cuando tenía dieciocho años —dijo—. Pero quizá todavía no sea demasiado tarde para empezar a cumplir las que haga desde hoy.
Mariana lo observó durante mucho tiempo.
Después miró a Sofía.
La niña corría detrás de una mariposa, riendo bajo el mismo sol que semanas atrás la había visto caminar cargando bolsas junto a su madre.