PARTE 1
—¡No te creas una gran empresaria, Mariana! ¡Por mucho dinero que tengas, para mí seguirás siendo una simple peluquera! —gritó mi suegra, golpeando la mesa frente a toda la familia.
Mi esposo Diego bajó la mirada. Yo dejé tranquilamente mi copa de agua sobre el mantel.
—Tiene razón, doña Elvira. Trabajo con cabello. Lo curioso es que el teatro donde usted presume haber sido una estrella lleva cinco años comprándome sus pelucas.
El silencio fue delicioso.
Mi suegra había trabajado durante décadas como maquillista teatral en Guadalajara. Le encantaba recordar sus años entre actores, vestuarios y camerinos. Sin embargo, jamás soportó que yo hubiera convertido aquel mismo oficio en un negocio exitoso.
Quince años atrás había comenzado en un pequeño local húmedo, cerca del centro de Guadalajara. Para pagar la primera renta vendí mis joyas y corté mi larga trenza castaña.