No la vendí. La conservé bajo una campana de cristal, sobre un cojín rojo, como recordatorio de lo que había sacrificado.
Con el tiempo, mi taller comenzó a fabricar pelucas para compañías teatrales, producciones cinematográficas y mujeres que habían perdido su cabello durante tratamientos médicos.
Después de cerrar un contrato importante con una productora, tenía once millones seiscientos mil pesos disponibles para cumplir mi mayor sueño: comprar un antiguo edificio de talleres teatrales y convertirlo en una escuela y fábrica.
La noticia había provocado una reacción extraña en mi suegra.
—¿Los talleres de don Salvador, cerca del centro? —preguntó aquella noche.
—Exactamente.
Por primera vez, doña Elvira perdió su acostumbrada sonrisa.
Había otro problema.
Inés, mi antigua socia, también quería comprar el edificio. Años atrás la había expulsado del negocio porque pretendía vender pelucas sintéticas a pacientes enfermas como si fueran de cabello natural.