5. Fui al banco a sacar 11 millones 600 mil pesos para comprar el edificio de mis sueños, pero mi esposo ya estaba allí con mi suegra disfrazada de mí, usando mi cabello y mi identificación robada. “Solo falta decir la contraseña”, le susurró él. Me coloqué tranquilamente detrás de ambos. Cuando escuché aquella palabra que inventamos el día que nos casamos, entendí hasta dónde llegaba su traición…

Cuando nos encontramos durante una visita al inmueble, me sonrió con sus labios pintados.

—Ten cuidado, Mariana. A veces el dinero desaparece justo cuando más lo necesitas.

No le di importancia.

Poco después, mi suegra me pidió contratar a Lucía, una muchacha de veintidós años, hija de una conocida suya.

Lucía tenía unas manos extraordinarias para tejer cabello, aunque parecía asustarse cada vez que sonaba su teléfono.

Un día ayudó a preparar una peluca para una maestra que había terminado su tratamiento contra el cáncer.

Cuando aquella mujer se miró al espejo y comenzó a llorar de felicidad, Lucía también lloró.

Le enseñé entonces a bordar una pequeña flor roja bajo el forro de nuestras pelucas.

—Es nuestra firma secreta —le expliqué—. Aunque nadie la vea, siempre sabremos reconocer lo que hicieron nuestras manos.

Dos semanas después, mi suegra organizó una visita al taller con varias amigas del teatro.

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