Mientras todas se probaban pelucas, descubrí a doña Elvira inclinada sobre la campana de cristal.
—¡Qué hermosa trenza! ¿Me dejarías sostenerla?
—No, señora. Es lo único aquí que nadie puede tocar.
Sus ojos se endurecieron.
—Qué exagerada. Al final, solamente es cabello.
Aquella noche Lucía se quedó cerrando el taller.
A la mañana siguiente llegué temprano, preparé café y caminé hacia la ventana.
La campana seguía allí.
El cojín rojo también.
Pero mi trenza había desaparecido.
Revisé inmediatamente la cámara de seguridad.
Alguien la había girado contra la pared.
Y cuando consulté el registro de acceso, descubrí que la última persona que había estado dentro del taller era Lucía.
La llamé a mi oficina.
—Estás despedida. Ya presenté una denuncia.
La muchacha comenzó a llorar.
—Señora Mariana, por favor… Usted no entiende lo que me obligaron a hacer.