Me quedé inmóvil.
—¿Quién te obligó?
Lucía se tapó la boca y negó con la cabeza.
Antes de que pudiera contestarme, sonó mi teléfono.
Era mi suegra.
Y lo primero que dijo me heló la sangre:
—Mariana, si quieres conservar a tu esposo y comprar ese edificio, será mejor que aprendas a compartir lo que tienes.
PARTE 2
—¿Me está amenazando? —pregunté.
—Te estoy aconsejando, querida. Hay mujeres que pierden todo por no ayudar a su familia.
Doña Elvira colgó.
Cuando Diego regresó aquella noche, ya sabía del despido de Lucía.
—Mi mamá dice que humillaste a una muchacha inocente por una trenza vieja.
—Esa trenza desapareció de mi taller. Y alguien manipuló la cámara.
—Siempre piensas lo peor de todos.
Lo miré durante varios segundos.
—¿También vas a decirme que tu madre no tuvo nada que ver?
No respondió.
Durante los días siguientes, Diego se mostró extrañamente cariñoso. Me preparaba el desayuno, insistía en que descansara y hablaba constantemente de irnos a una cabaña familiar cerca de Mazamitla.