5. Fui al banco a sacar 11 millones 600 mil pesos para comprar el edificio de mis sueños, pero mi esposo ya estaba allí con mi suegra disfrazada de mí, usando mi cabello y mi identificación robada. “Solo falta decir la contraseña”, le susurró él. Me coloqué tranquilamente detrás de ambos. Cuando escuché aquella palabra que inventamos el día que nos casamos, entendí hasta dónde llegaba su traición…

Me quedé inmóvil.

—¿Quién te obligó?

Lucía se tapó la boca y negó con la cabeza.

Antes de que pudiera contestarme, sonó mi teléfono.

Era mi suegra.

Y lo primero que dijo me heló la sangre:

—Mariana, si quieres conservar a tu esposo y comprar ese edificio, será mejor que aprendas a compartir lo que tienes.

PARTE 2

—¿Me está amenazando? —pregunté.

—Te estoy aconsejando, querida. Hay mujeres que pierden todo por no ayudar a su familia.

Doña Elvira colgó.

Cuando Diego regresó aquella noche, ya sabía del despido de Lucía.

—Mi mamá dice que humillaste a una muchacha inocente por una trenza vieja.

—Esa trenza desapareció de mi taller. Y alguien manipuló la cámara.

—Siempre piensas lo peor de todos.

Lo miré durante varios segundos.

—¿También vas a decirme que tu madre no tuvo nada que ver?

No respondió.

Durante los días siguientes, Diego se mostró extrañamente cariñoso. Me preparaba el desayuno, insistía en que descansara y hablaba constantemente de irnos a una cabaña familiar cerca de Mazamitla.

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