Beatriz vivía en nuestra casa desde hacía tres años. Nunca pagó un recibo. Aun así, me repetía que una mujer decente debía obedecer a su marido y agradecer que la familia de él la hubiera aceptado. Yo soportaba sus comentarios porque Alejandro siempre decía:
—Ya está grande, amor. No le hagas caso.
Aquella noche, sentada en mi despacho, guardé una copia del video en dos dispositivos. Una parte de mí quería correr a enfrentarla. Otra, mucho más fría, me advirtió que una señora que apenas sabía usar su celular no habría encontrado por casualidad aquella instalación.
Entonces escuché pasos.
Alejandro entró con una taza de leche caliente y me cubrió los hombros con un suéter.
—Otra vez trabajando hasta tarde, preciosa. Mañana descansa. Ni se te ocurra bajar a la cava.
Su dulzura me revolvió el estómago. En el pantalón tenía adherido un diminuto resto de espuma blanca, igual a la que acababa de ver en la grabación.