—Me siento mal. No quiero leche —respondí.
Él dejó la taza sin discutir y me besó la frente. Cuando se fue al dormitorio, abrí discretamente la caja fuerte donde guardábamos las escrituras y los seguros.
Encontré la póliza que Alejandro había insistido en contratar después de una enfermedad mía: ochenta millones de pesos.
Debajo había una solicitud para cambiar al beneficiario. Mis padres habían desaparecido del documento. Ahora Alejandro figuraba como único beneficiario, con una firma que imitaba perfectamente la mía.
Me senté en el suelo, incapaz de llorar.
No era una discusión por dinero ni una suegra entrometida. Mi marido y su madre habían preparado mi muerte.
Desde la habitación, Alejandro llamó:
—Por cierto, mañana viene un comprador importantísimo. Necesito que saques el cabernet de reserva que guardas hasta el fondo de la cava.
Entendí entonces para qué necesitaban que yo entrara exactamente allí.