Respiré despacio y respondí que lo haría.
Antes de acostarme, vi encenderse la pantalla del teléfono que Alejandro había dejado sobre la cómoda.
El mensaje de Beatriz decía:
«Ya quedó todo como me ordenaste, hijo. Mañana por fin tendremos lo que nos corresponde».
Y cuando él contestó, descubrí que no pensaban esperar ni un día más.
PARTE 2
A la mañana siguiente, Beatriz me recibió con chilaquiles verdes, café recién hecho y una sonrisa tan falsa que me dieron ganas de gritar. Llevaba puesta la medalla de la Virgen que me había regalado cuando nos casamos.
—Hijita, ¿vas a bajar hoy a revisar tus botellas? —preguntó mientras me servía más salsa.
—No. Tengo cita en un spa de Ensenada. Necesito descansar.
Mi suegra dejó escapar un suspiro de alivio. Alejandro, que acababa de sentarse, no pudo ocultar su sorpresa.