—¿Y el vino para mi cliente? —preguntó.
Saqué de mi bolsa la llave electrónica de la cava y la puse sobre el mantel.
—Es tu invitado, Alejandro. Ve tú por la botella. Está en el estante del fondo, el que siempre dices que parece un laberinto.
Vi cómo sus ojos iban de la llave a mi cara. Durante unos segundos pareció dudar. Después la guardó en el bolsillo de su saco.
—Claro, mi vida. Tú disfruta tu día.
Salí de la casa con las piernas temblando. No fui al spa.
Manejé hasta un mirador desde el que podía observar el camino de acceso a la propiedad. Había llamado a mi abogada durante la madrugada y le había enviado copias de la grabación y del documento falsificado. Ella me exigió que me alejara y avisara a emergencias sobre el riesgo.
Desde el automóvil seguí las cámaras exteriores mientras intentaba comunicarme con Protección Civil.