A las diez cuarenta y cinco apareció un coche rojo.
Alejandro bajó del lado del conductor y abrió la puerta a una muchacha de vestido blanco. La besó frente a nuestra entrada, precisamente donde yo lo había abrazado la tarde anterior.
Reconocí a Claudia, una supuesta consultora de marketing que llevaba meses acompañándolo en viajes de negocios.
Los vi entrar tomados de la cintura. Alejandro llevaba la llave de la cava.
Llamé de nuevo al 911 y di la dirección exacta, advirtiendo que podía haber una fuga de gas. La operadora me indicó que permaneciera lejos.
Minutos después, un estruendo sacudió las ventanas del automóvil.
Una columna de humo se elevó detrás de los viñedos.
Volví conduciendo entre patrullas y camiones de bomberos. La planta baja de la casa estaba destrozada. Un oficial me detuvo antes de la cinta de seguridad.
—¡Mi esposo está adentro! —grité.