5. Vi a mi suegra cerrar la ventilación de mi bodega y abrir el gas, pero no la enfrenté. A la mañana siguiente, mi esposo preguntó: “¿Ya sacaste el vino que te pedí?”. Le dije tranquilamente que estaba cansada y le puse la llave en la mano. Después de la explosión, mi suegra corrió llorando hacia los policías… hasta que me vio aparecer y soltó una frase aterradora.

Beatriz apareció entre los vecinos, llorando y apretando su medalla.

—¡Mi pobre nuera! ¡Dios mío, Mariana! —gemía.

Cuando me vio de pie frente a ella, sus lágrimas se detuvieron de golpe.

—¿Tú? ¿Por qué sigues viva? —soltó, sin darse cuenta de que un policía la escuchaba.

—¿Qué estás diciendo? ¿Dónde está Alejandro?

Su cara cambió. Miró el humo, luego la puerta destrozada de la cava, y empezó a llamar desesperadamente a su hijo.

Un agente de investigación se acercó. Habían encontrado a dos adultos sin vida en la zona del sótano. Cerca de uno apareció el reloj de Alejandro; junto a la otra persona, una pulsera grabada con la letra C. La identificación tendría que confirmarse mediante estudios forenses.

Beatriz se desplomó sobre una silla.

Yo apenas podía respirar.

Pero lo peor ocurrió cuando el agente mostró una bolsita rescatada entre los escombros: dentro había una fotografía de Claudia abrazando a un bebé y, al reverso, una dirección en Tijuana.

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