Pero Alejandro sabía que limpiar su nombre no devolvería los años perdidos.
Una tarde regresó a la pequeña casa.
Sofía estaba sentadaafuera dibujando.
—Mira —dijo cuando lo vio—. Hice una casa.
Alejandro se agachó.
El dibujo tenía tres personas.
Una mujer.
Una niña.
Y un hombre muy alto.
Alejandro sintió un nudo en la garganta.
—¿Quién es él?
Sofía sonrió.
—Tú.
Mariana estaba observándolos desde la puerta.
Alejandro se acercó a ella.
—Compré una casa en el pueblo.
La expresión de Mariana cambió.
—No necesito que me rescates.
—No es para ti.
Ella frunció el ceño.
—Es para mí.
Alejandro señaló hacia el camino.
—Voy a quedarme una temporada.
Mariana lo miró sorprendida.
—No puedes recuperar veintiséis años.
—Lo sé.
—Ni los primeros tres años de Sofía.
—También lo sé.
—Entonces ¿qué quieres?
Alejandro miró a la niña.
—No perder el cuarto.
Mariana guardó silencio.
Alejandro no intentó tocarla.
No prometió mansiones.
No habló de matrimonio.
No ofreció millones.
Porque finalmente había comprendido que algunas cosas no se compraban.
—Llegué demasiadotarde para cumplir la promesa que te hice cuando tenía dieciocho años —dijo—. Pero quizá todavía no sea demasiado tarde para empezar a cumplir las que haga desde hoy.
Mariana lo observó durante mucho tiempo.
Después miró a Sofía.
La niña corría detrás de una mariposa, riendo bajo el mismo sol que semanas atrás la había visto caminar cargando bolsas junto a su madre.
Mariana respiró profundamente.
—Puedes empezar mañana.
Alejandro sonrió.
—¿A qué hora?
—A las siete.
—Estaré aquí.
Ella levantó una ceja.
—No llegues tarde.
Alejandro miró la vieja casa, el camino de tierra y a la hija que había descubierto veintiséis años después de perder al amor de su vida.
—Nunca más.
Seis meses después, Mariana abrió una pequeña oficina de administración y contabilidad en el centro del pueblo.
No llevaba el apellido Mendoza.
No pertenecía a Alejandro.
Era completamente suya.
En la puerta había un letrerosencillo:
MARIANA LÓPEZ — SERVICIOS ADMINISTRATIVOS Y CONTABLES.
Alejandro había ofrecido invertir.
Ella había rechazado el dinero.
Así que él hizo lo único que ella permitió.
Se convirtió en su primer cliente.
Sofía empezó a pasar algunos fines de semana con él.