Un antiguo contador aceptó declarar.
Después habló otro empleado.
Finalmente, apareció una copia digital de los archivos que Mariana había descubierto cuatro años atrás.
Ricardo Robles había desviado el dinero.
Ernesto lo sabía.
Y ambos habían decidido culpar a Mariana porque era la persona perfecta: empleada, madre soltera, sin dinero suficiente para defenderse.
Tres meses después, las autoridades retiraron formalmente toda sospecha contra Mariana.
Los Robles enfrentaron cargos por fraude, falsificación documental y obstrucción.
Pero Alejandro sabía que limpiar su nombre no devolvería los años perdidos.
Una tarde regresó a la pequeña casa.
Sofía estaba sentada
afuera dibujando.
—Mira —dijo cuando lo vio—. Hice una casa.
Alejandro se agachó.
El dibujo tenía tres personas.
Una mujer.
Una niña.
Y un hombre muy alto.
Alejandro sintió un nudo en la garganta.
—¿Quién es él?
Sofía sonrió.
—Tú.
Mariana estaba observándolos desde la puerta.
Alejandro se acercó a ella.
—Compré una casa en el pueblo.
La expresión de Mariana cambió.
—No necesito que me rescates.
—No es para ti.
Ella frunció el ceño.
—Es para mí.
Alejandro señaló hacia el camino.
—Voy a quedarme una temporada.
Mariana lo miró sorprendida.
—No puedes recuperar veintiséis años.
—Lo sé.
—Ni los primeros tres años de Sofía.
—También lo sé.
—Entonces ¿qué quieres?
Alejandro miró a la niña.
—No perder el cuarto.
Mariana guardó silencio.
Alejandro no intentó tocarla.
No prometió mansiones.
No habló de matrimonio.
No ofreció millones.
Porque finalmente había comprendido que algunas cosas no se compraban.
—Llegué demasiado
tarde para cumplir la promesa que te hice cuando tenía dieciocho años —dijo—. Pero quizá todavía no sea demasiado tarde para empezar a cumplir las que haga desde hoy.
Mariana lo observó durante mucho tiempo.
Después miró a Sofía.
La niña corría detrás de una mariposa, riendo bajo el mismo sol que semanas atrás la había visto caminar cargando bolsas junto a su madre.
Mariana respiró profundamente.
—Puedes empezar mañana.
Alejandro sonrió.
—¿A qué hora?
—A las siete.
—Estaré aquí.
Ella levantó una ceja.
—No llegues tarde.
Alejandro miró la vieja casa, el camino de tierra y a la hija que había descubierto veintiséis años después de perder al amor de su vida.