PARTE 1 — EL NIÑO QUE SIEMPRE MIRABA AL CIELO
Alexander tenía 27 años y, desde que podía recordar, había levantado la mirada cada vez que escuchaba el sonido de un avión.
Vivía en Guatemala con su familia y, aunque no tenían grandes recursos, había algo que nunca le faltó: sueños.
Cuando era niño, podía quedarse durante varios minutos observando cómo un avión cruzaba lentamente el cielo.
—Algún día voy a estar ahí arriba —decía.
Algunos se reían.
—Eso cuesta mucho dinero.
—Es muy difícil.
—Mejor piensa en algo más realista.
Pero Alexander nunca consideró aquel sueño una fantasía.
Para él, convertirse en piloto significaba demostrar que las circunstancias en las que uno nace no tienen por qué decidir hasta dónde puede llegar.
El problema era que su familia no podía pagar fácilmente una formación profesional.
Así que Alexander tuvo que encontrar su propio camino.
Mientras otros jóvenes tenían tiempo para descansar después de sus estudios, él trabajaba.
Durante el día cumplía con sus responsabilidades y por las noches estudiaba.
Había días en los que llegaba a casa completamente agotado.
Abría sus libros, miraba las páginas y pensaba:
“¿De verdad voy a conseguirlo?”