Daniela sintió un nudo en el estómago.
—¿Mauricio realmente estuvo viviendo con él en casa de la abuela?
—Eso parece.
La abuela Amalia llevaba años postrada en cama. El departamento tenía tuberías viejas, ventanas que casi nunca se abrían y muebles con décadas de humedad acumulada.
—Le pedí muchas veces a Mauricio que contrataran a una cuidadora —recordó Daniela—. Siempre decía que no me metiera, porque era asunto de su familia.
Esa noche Mauricio finalmente llamó.
Ni siquiera preguntó cómo estaba la pierna de Daniela.
—Mi mamá me dijo que hiciste un escándalo y corriste a mi hermana.
Daniela apretó el teléfono.
—¿Tú les diste permiso para instalarse en mi casa?
Hubo un silencio.
—Tenemos que hablar.
—Contéstame.
—Sí, pero era temporal.
—Valeria dice que acordaron que después yo debía poner el departamento a su nombre.
Otro silencio.
—Mi mamá pensó que era lo más justo.
Daniela cerró los ojos.
Aquel silencio era suficiente respuesta.
Después de acostar a Nicolás, se sentó con sus padres en la cocina.
Y por primera vez contó todo lo que había ocultado durante años.
Teresa había tenido una copia de las llaves desde el inicio del matrimonio.
Entraba sin avisar.
Una vez se llevó una colcha nueva que Daniela había mandado fabricar porque, según ella, “combinaba mejor con su habitación”.
Otra vez sacó del clóset una chamarra nueva de Nicolás y se la dio al hijo de Valeria.
También había vaciado del refrigerador dos frascos caros de comida que un vecino les había regalado.
Cuando Daniela reclamaba, Mauricio repetía lo mismo:
—Es mi mamá. Así es ella. No armes problemas.
—¿Por qué nunca nos dijiste nada? —preguntó Rafael.
—Porque me daba vergüenza admitir que en mi propia casa tenía que esconder mis cosas.
A la mañana siguiente Mauricio apareció.
Entró molesto y, antes siquiera de sentarse, gritó:
—¡Me humillaste frente a toda mi familia!
Daniela lo miró en silencio.
—Mi mamá sólo estaba intentando ayudarnos.
—¿Ayudarnos a qué? ¿A quitarme mi casa?
—¡Yo soy tu esposo! —respondió él—. ¡Yo también tengo derecho a decidir!
Rafael salió de la habitación.
—Puedes decidir sobre lo que te pertenece, Mauricio. No sobre una propiedad que compramos para nuestra hija antes de que te conociera.